
La Academia Venezolana de Ingenierías y el Hábitat ha advertido, en un reciente informe, que la República enfrenta un riesgo estructural que no se limita a lo político, sino que compromete la estabilidad institucional, la cohesión social y las bases mismas del desarrollo. Superar esta crisis exige algo más que reformas legales o cambios coyunturales: requiere reconstruir la cultura democrática del país.
Por ello rescatar la democracia debe ser objetivo fundamental del programa de transición supervisada que se adelanta en Venezuela. Y eso implica promover, con carácter prioritario, las condiciones para un transparente proceso electoral y definir los mecanismos que permitan, en un plazo prudencial, el establecimiento de un programa de promoción de la cultura cívica y el capital social para asegurar la libertad y una sólida institucionalidad democrática. Solo así se pueden construir las bases de una democracia de ciudadanos. Solo así el pueblo soberano podrá asumir su función protagónica en defensa de la libertad y la democracia para asegurar que la transición contribuya efectivamente con el impulso de un desarrollo sostenible.
La libertad no es una consigna ornamental. Es la condición indispensable para el desarrollo humano. Sin libertad no hay Estado de derecho; sin Estado de derecho no hay confianza; y sin confianza no hay inversión ni productividad sostenibles. A ello se suma la urgencia de rescatar la ética pública, debilitada por décadas de corrupción que han erosionado la credibilidad institucional y desmotivado el mérito.
La conclusión es directa: el desarrollo sostenible solo es posible cuando existe una ciudadanía formada en valores democráticos. La democracia no surge por inercia histórica ni se mantiene por simple costumbre. Se aprende, se practica y se defiende.
Dos experiencias históricas lo demuestran con claridad: Alemania y Japón.
Alemania: educar para no repetir la historia
Tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, la reconstrucción alemana no fue únicamente económica. Fue, sobre todo, moral e institucional. Con la fundación de la República Federal de Alemania en 1949, el país asumió un compromiso explícito con la defensa activa de la democracia bajo el liderazgo de Konrad Adenauer.
La lección era contundente: el colapso democrático del pasado no podía repetirse. Para ello, la educación política se convirtió en política de Estado. La formación cívica pasó a ser materia obligatoria en la mayoría de los estados federados (Länder), con contenidos orientados a comprender el funcionamiento institucional, los derechos fundamentales y la responsabilidad ciudadana.
La democracia dejó de ser solo un sistema electoral; se convirtió en una cultura compartida.
Japón: modernización democrática desde la escuela
El caso japonés ofrece una experiencia paralela. Después de 1945, la profunda reforma institucional impulsó una nueva arquitectura constitucional basada en derechos y libertades. La nueva Carta Magna sentó las bases de un sistema democrático que debía arraigarse en la sociedad.
Pero Japón entendió algo decisivo: las constituciones no funcionan si no viven en la conciencia de los ciudadanos. Por eso, la Ley Básica de Educación incorporó valores como el respeto mutuo, la cooperación, la responsabilidad social y la participación democrática. Las escuelas promovieron actividades deliberativas y comunitarias que formaron hábitos cívicos desde la infancia.
El resultado fue una cultura de disciplina institucional y compromiso colectivo que acompañó el extraordinario desarrollo económico del país.
Democracia y desarrollo: una relación estructural
Alemania y Japón figuran entre las economías más avanzadas y con mayores niveles de desarrollo humano. Esa posición no es producto exclusivo de políticas industriales o tecnológicas. Se sustenta en instituciones confiables y en ciudadanos formados para respetarlas y exigir su correcto funcionamiento.
Cuando la educación cívica se convierte en política pública sostenida —y no en programa pasajero— la democracia gana estabilidad, la corrupción pierde espacio y el capital social se fortalece.
La enseñanza es clara: el desarrollo no es únicamente un fenómeno económico; es, ante todo, un proceso institucional y cultural. Sin ciudadanos conscientes de sus derechos y deberes, cualquier modelo de crecimiento es frágil.
Si queremos romper el ciclo de autoritarismo, populismo y corrupción que ha marcado nuestra historia reciente, debemos comenzar por la base: formar ciudadanos capaces de ejercer y defender la libertad.
Porque la democracia, cuando no se cultiva, se deteriora. Y cuando se descuida, se cae en el perverso ciclo de autoritarismo, populismo y corrupción.
