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Jonathan BenavidesOpinión

Jonathan Benavides: Por qué se equivocan tanto algunos “intelectuales”

Bertrand Russell llamando al Reino Unido a deponer las armas frente a Hitler; Martin Heidegger y Carl Schmitt abrazando el nazismo; Simone de Beauvoir celebrando el maoísmo; Sartre y Foucault fascinados con la Revolución Islámica en Irán. ¿Cómo personas particularmente agudas, ilustradas e informadas han podido, en el siglo XX y en lo que va de éste, ser tan ciegas ante la barbarie totalitaria pese a tener las evidencias frente a sus narices?. Esto es lo que se propone desentrañar el ensayista francés Samuel Fitoussi en el ensayo Pourquoi les intellectuels se trompent (Por qué los intelectuales se equivocan, editorial L’Observatoire), premio Victor Hugo 2026, que distingue las obras que “ilustran la defensa de la libertad de pensamiento y de expresión”.

Una de las pistas es que muchos intelectuales no se equivocaron pese a sus capacidades, sino justamente a causa de ellas. “Hay que pertenecer a la intelligentsia para creer cosas así: ningún hombre corriente podría ser tan tonto”, escribió George Orwell acerca de los intelectuales británicos, entre ellos Bertrand Russell, que apostaban por una victoria del Eje en la Segunda Guerra Mundial. El autor de 1984 es, junto a los pensadores Jean-François Revel, Thomas Sowell, Raymond Aron, Jonathan Haidt o Steven Pinker, uno de los guías en los que se apoya el polemista Fitoussi para comprender los mecanismos que hacen que las personas más preparadas y presuntamente esclarecidas de su época conduzcan hacia precipicios ideológicos que, en ocasiones, se pagan con millones de muertos.

Fitoussi retoma la observación del politólogo y encuestador estadounidense David Shor, que estableció a través de sus estudios que las personas con un alto nivel de estudios tienden a adoptar opiniones más extremas desde el punto de vista ideológico que las de la clase trabajadora: “Esto se refleja en las encuestas sobre cuestiones sociales y en la autoidentificación ideológica”, escribe. “Los votantes con estudios universitarios se identifican mucho menos como centristas”. A esta observación se añade que, cuanto más informado, más tiende uno a reforzar opiniones polarizadas y alejarse de los matices.

El problema central, para Fitoussi, es la tensión entre la racionalidad epistémica y la racionalidad social. El ensayista subraya el trabajo de los investigadores Hugo Mercier (ciencias cognitivas) y Dan Sperber (filosofía), que afirman: “Ejercemos nuestras capacidades cognitivas en parte para acceder a la verdad, sin duda, pero también y sobre todo para ganar estatus social, cuidar nuestra reputación y facilitar la cooperación con nuestros pares. La evolución nos ha dotado de una racionalidad epistémica (la capacidad de adoptar creencias válidas), pero también de una racionalidad social”. A lo largo de nuestra historia evolutiva, la reputación de un individuo (de la que depende su capacidad para beneficiarse de la protección de los demás, para encontrar parejas románticas, para disfrutar de los frutos de la cooperación) ha sido a menudo más importante para su supervivencia que la exactitud de las ideas a las que se adhería.

A esto se añade que el intelectual no suele pagar consecuencias por su mala praxis: pronósticos errados, consecuencias catastróficas de las recetas políticas y económicas propagadas. Su reputación no depende de la verificación de sus ideas (a diferencia del panadero, cuya reputación depende de la calidad de su pan), mientras que el costo de apartarse de los postulados de su círculo social y académico es muy superior. De ahí, la aberrante expresión francesa (que curiosamente el autor no menciona) que dice “prefiero estar equivocado con Sartre que tener razón con Aron”.

Uno de los tramos más interesantes del libro de Fitoussi examina cómo el sesgo cognitivo funciona de manera contraintuitiva. “Una gran cantidad de inteligencia puede invertirse en la ignorancia cuando la necesidad de ilusiones es profunda”, escribe, citando a Saul Bellow. Cuando la realidad no se ajusta a su doxa, el intelectual no pone la razón y energía al servicio del esclarecimiento de un fenómeno, sino en defender su postulado inicial antes de toparse con el obstáculo. “Cuando un intelectual se compromete con un camino, llega un momento en que el costo social y psicológico de dar marcha atrás se vuelve demasiado elevado. Debe seguir avanzando. Sus facultades cognitivas se movilizan entonces con un único fin: demostrar que avanza en la dirección correcta. Su inteligencia se pone al servicio de la justificación de sus errores pasados, más que de la búsqueda de la verdad; sus posiciones anteriores condicionan entonces por completo su percepción del mundo en el presente, la racionalidad social aplasta a la racionalidad epistémica. Esto, lamentablemente, sugiere que cuanto más se equivoca un intelectual… más se equivoca.

El censor interno

Uno de los casos más interesantes es el del filósofo húngaro Arthur Koestler cuando fue testigo directo de la hambruna provocada por Stalin en Ucrania. Por entonces comunista fanático, el autor de El cero y el infinito viajó en 1932 a Járkov, donde esperaba comprobar personalmente el éxito de la URSS. Lo que vio ni bien bajó del tren no se ajustaba a la propaganda que había absorbido, sino más bien a un espectáculo dantesco de zombis hambrientos, cadáveres raquíticos, despojos humanos que intentaban cambiar la ropa puesta por un pedazo de pan negro.

Décadas más tarde, ya liberado del adoctrinamiento, Koestler escribiría: “Ante el brutal impacto de la realidad sobre mis ilusiones, mi reacción fue la típica de un verdadero creyente. Sorprendido y desorientado, los mecanismos de amortiguación del impacto inculcados por mi formación en el partido se pusieron en marcha al instante. Tenía ojos para ver y una mente entrenada para distorsionar lo que veían. Este ‘censor interno’ supera en eficacia a todas las censuras oficiales”.

¿Cómo entender si no en la actualidad a los “Queer for Palestine” o a la filósofa y militante feminista Judith Butler describiendo a Hezbolláh y Hamás como ¡“movimientos sociales progresistas y de izquierda que forman parte de una izquierda global”!, no pudiendo ignorar que la diversidad sexual bajo esos regímenes equivale a una muerte brutal?. ¿Cómo entender a esos influencers privilegiados, muchos con estudios superiores, desembarcando en estos días en la «flotilla humanitaria» para un safari fotográfico que le lave la cara a la decrépita dictadura cubana?. ¿Cómo se las ingenian desde su hotel cinco estrellas iluminado en un país a oscuras para no ver lo que ven?. El “no la ven” es otra manera de definir las anteojeras ideológicas que desafían la evidencia y el sentido común. Por supuesto, está la mala fe y el mercenarismo de quienes pueden contar con la agilidad mental de un cerebro entrenado para lucrativos malabarismos conceptuales.

Quizás una de las principales críticas que se le pueden hacer al libro de Fitoussi es que habla de “los intelectuales”, una generalización que deja afuera a importantes corrientes, como la Ilustración, que permitieron desarrollar el espíritu crítico, hacer retroceder el oscurantismo y alimentar eso que llamamos el mercado de ideas. Quedan, sin embargo, y con razón, bien parados aquellos como Orwell, Aron o Camus, que eligieron el árido y solitario camino de verla mientras otros preferían el confort de mirar para otro lado.

@J__Benavides

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