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Enrique Prieto SilvaOpinión

Enrique Prieto Silva: ¡Venezuela y la guerra que no debió existir!

Hoy, cuando Venezuela atraviesa un delirante momento apolítico, derivado de una guerra impensada, que dejo trazos imborrables el pasado 3 de enero; y. se comenta la actuación de las Fuerzas Armadas, que además de la crítica situación que enfrento, fueron vapuleadas con una sátira que consideramos injusta e innecesaria, se habla, y es voz populi su necesaria reinstitucionalización; considerándolo no como un ejercicio académico ni una nostalgia corporativa, sino un alerta a la cual sumamos nuestro criterio; que ponemos a la orden con nuestra experiencia de formador y forjador de la Nueva Fuerza Armada, a la que pertenecemos desde hace más de 60 años.

Como bien dice la crítica y lo hemos venido recalcando desde que se le involucro inconstitucionalmente en las iniciales actuaciones del gobierno de Chávez, la Fuerza Armada Nacional no es un apéndice del poder político ni una estructura circunstancial; de acuerdo con el artículo 328 de la Constitución, la Fuerza Armada Nacional es constituida como una institución esencialmente profesional, sin militancia política, organizada por el Estado para garantizar la independencia y soberanía de la Nación, y asegurar la integridad del espacio geográfico, mediante la defensa militar, la cooperación en el mantenimiento del orden interno y la participación activa en el desarrollo nacional, de acuerdo con lo que establece la misma constitución y la ley. En este sentido, si bien es cierto que su misión es la defensa militar, debe entenderse que no hay otra forma de defensa militar sino mediante acciones bélicas.

No podemos dejar de reconocer la grande o excelente campaña devenida de estas incomprensibles acciones, cuando mucha “gente de estatus” avaló y hasta exalto el abominable acto bélico ya mencionado y vanaglorió a los extranjeros que no solo secuestraron al presidente de la Republica en ejercicio, sino que causaron la muerte de muchos compatriotas integrantes y afines a nuestras Fuerzas Armadas, sino que tildaron la estrategia defensiva utilizada por nuestros mandos militares como una derrota táctica; acto que a nuestro entender como venezolano militar de alta jerarquía y defensor de los lideres salvadores de la patria, consideramos como una abominable expresión de antipatría y de exagerada ignorancia supina de nacionalismo ¡Vergonzante!.

Sobre el tema es mucho lo que hemos dicho y lo que se puede decir, no obstante, en esta oportunidad solo enfocaremos el dilema mencionado sobre la guerra que no debió existir y el desiderátum consecuencial. Así, consideramos iniciar una serie de conferencias sobre el tema referido la reinstitucionalización de las Fuerzas Armadas, donde, si el análisis nos lo permite trataremos de ayudar a entender la confusión que han creado muchos versados militaristas, quienes han creído que la culpa de la mala política actual ha girado en la órbita del militarismo creado por el fallecido Tcnel. Chávez y por lo que han llamado nueva doctrina militar.

Sobre el tema hemos sido prudentes al no descalificar los criterios de manera feraz hemos insistido en decir que la guerra en Venezuela solo se justifica para hacer reconocer o recuperar la soberanía y se expresa con orgullo, que sus fuerzas armadas solo han salido de las fronteras para libertar otras repúblicas. En este sentido, entendemos que en Venezuela el término guerra fue abolido de la Constitución y legalmente solo existe en los textos militares, por ser obvia la función principal de las fuerzas armadas de prepararse para hacer la guerra, aunque eufemísticamente se la justifica como un medio para lograr la paz y, constitucionalmente se justifiquen las fuerzas armadas como un medio para la defensa nacional.

Pero, aun cuando negación o justificación, políticamente el venezolano se ha vuelto guerrero y violento, dando rienda suelta tanto a la palabra como a la acción para, en cualquiera de sus formas agredir al opositor, sea éste adversario o compañero. Desde que se instauró el sistema de gobierno autodenominado socialista, la guerra como idea y amenaza ha sido constante y muchas son las acciones políticas que se han planificado, programado y manejado bajo un criterio militarista; en este sentido, la organización de muchos actos de gobierno se ha hecho mediante el empleo de los términos de batallones y teatros para la guerra, y califica las acciones como batallas, concluyendo siempre en el enfrentamiento bélico, en este sentido, toda acción es una batalla.

Dentro de este contexto, la práctica de la guerra sucia, ha cobrado fuerza y vigencia, especialmente emprendida por políticos en defensa de sus partidos o de sus copartidarios y desde hace algún tiempo viene siendo el arma más poderosa de los congresantes, antes especialmente de los diputados, hoy por los asambleístas, quienes sin escrúpulos ni medida, la utilizan amparándose en la inmunidad parlamentaria o en la connivencia política gubernamental.
Mientras esto ocurre entre gente del común con poca o escasa preparación académica, el hecho a pesar de notorio, es tomado en el sentido universal, pero cuando se origina o es correspondido por personas de alta investidura en lo social, en lo económico o en lo político, es decir, por aquellas personas a quienes se les califica de líderes de la comunidad, asume notoriedad y pasa a ser centro de atención, de respaldo o de crítica por la opinión pública; sin dudas, la adversa campaña política antipartido, anti estatus y anti todo, ha contaminado al sector militar, que como hemos visto debe ser apolítico, culpándosele inclusive del mal gobierno por ser fiel a él y no decapitarlo. Muchos partidos han propugnado su adversión e incluyen en su desarrollo político el malestar militar antigobierno.

La moderna doctrina militar orienta a la organización militar, entre otras, a redefinir sus propias actitudes de identidad basadas en el amor a la patria, el sentido del deber, o la disciplina, para encontrarles un nuevo sentido funcional, alejándose del rol que cumplen muchas fuerzas armadas de constituirse en órganos solo para el apoyo del poder político gubernamental.

La tendencia actual sobre las organizaciones militares del futuro, es que tengan una naturaleza policial, que además de prepararse para la defensa nacional, coadyuven y cooperen con los órganos de policía, en el mantenimiento del orden y la paz, para lo cual debe existir una legislación que unifique estas acciones como funciones sociales para la seguridad y orden público, racionalmente desarrollada para prestar servicios a la comunidad en el mismo sentido funcional, al margen de su empleo militar, cuidándose de no militarizar la función policial.

Deben estar siempre listas para responder a las situaciones más diversas e imprevisibles, para soportar la ambigüedad y de las funciones que se le asignan hoy, sin comprometer el factor soberano del Estado que la aplica.

Seguiremos hablando prestamente del tema en rigor: “Las Fuerzas Armadas del Futuro” y “El futuro de las Fuerzas Armadas”

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