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OpiniónRory Branker

El sabor del veneno, por Rory Branker

«El que lucha con monstruos debe tener cuidado de no convertirse él mismo en un monstruo» Friedrich Nietzsche

Venezuela respira con cautela. En los últimos días, nombres que durante años operaron como intocables han comenzado a caer: Alex Saab, Raúl Gorrín, El-Aissami,  El Potro Álvarez, Ruperti y otros actores de las tramas más oscuras del saqueo nacional. El país observa, y en muchos pechos se instala algo que parece alivio, que parece justicia. Pero es aquí, precisamente, donde hay que detenerse.

Por Rory Branker / lapatilla.com

Hay un sabor particular en la satisfacción de ver caer a quien te hizo daño. Lo he sentido. No voy a mentirles. Pero también sé, porque lo aprendí de la manera más brutal, que ese sabor tiene truco: entra dulce y se queda amargo.

En Tocorón aprendí a leer el tiempo de otra manera. No por horas ni por días, sino por estados del cuerpo: el momento en que el hambre deja de doler porque el organismo se rinde, el instante exacto en que el silencio prolongado empieza a comerse los bordes de la identidad. No es una metáfora. Es un proceso real, gradual, quirúrgico, diseñado por quienes saben perfectamente lo que hacen. En La Fosa de Zona 7 entendí que el objetivo no era castigarte, era borrarte. Primero del mapa, luego de la memoria de los tuyos, finalmente de la tuya propia.

Por eso, cuando me pregunto hacia dónde llevan a estos hombres y bajo qué condiciones, no encuentro en mí el festejo que quizás se espera de alguien que sufrió lo que yo sufrí. Encuentro, en cambio, una incomodidad que me parece necesario compartir.

No tengo ninguna compasión por lo que estas personas representan. Ese despojo sistemático, esa complicidad con la crueldad institucionalizada, no admite matices ni excusas. Pero lo que le ocurra a sus cuerpos y a sus mentes en detención sí me importa. No por ellos. Sino por nosotros.

Porque si el instrumento que se usa para llevarlos presos es el mismo que usaron para llevarnos a nosotros —la desaparición sin paradero, el aislamiento como método, la familia como rehén del silencio del Estado— entonces no hemos derrotado nada. Hemos cambiado de lado en la misma sala de torturas. Y ese intercambio de posiciones no es justicia. Es la continuación del mismo crimen con distintas víctimas.

Escribo esto desde un lugar que no es la libertad plena. Sigo sujeto a medidas cautelares. Hace casi dos meses solicité la amnistía que me corresponde, y espero todavía el sobreseimiento como quien espera que alguien finalmente corrija un error que todos ven menos quienes tienen el poder de corregirlo. Técnicamente, sigo en manos de quienes me capturaron. Sigo siendo tratado, en los términos fríos del expediente, como un delincuente. Y sin embargo, aquí estoy, escribiendo no para reclamar lo mío —que llegará, porque la verdad no prescribe— sino para pedir que a otros, incluso a quienes no se lo merecen, se les garantice un proceso más justo, más limpio y más legal que el que yo recibí.

Esta Semana Santa, que desde hace dos mil años le recuerda a la humanidad que el sufrimiento no ennoblece a quien lo inflige sino a quien lo resiste, me parece el momento preciso para decirlo sin rodeos: nadie merece la mengua, nadie merece desaparecer, ni los inocentes que llenaron las celdas después del 28 de julio, ni los periodistas, ni los estudiantes, ni los corruptos que hoy duermen en los mismos espacios de horror que ellos mismos construyeron. El sufrimiento no se vuelve legítimo porque quien lo padece sea culpable. Si aceptamos esa lógica, aceptamos la lógica de los que nos destruyeron.

Venezuela lleva décadas atrapada en ese ciclo: cada generación de opresores convencida de que su violencia es distinta porque tiene una causa más justa que la del opresor anterior. La revolución bolivariana construyó toda su épica sobre esa misma ilusión. El crimen no se redime por la identidad política de quien lo comete. Y la Venezuela que merece emerger de todo esto no puede nacer de esa mentira otra vez.

El cambio verdadero no se mide en los nombres que caen. Se mide en cómo caen, en si hay un juez presente o solo un guardia, en si la familia sabe dónde está el detenido o lo busca durante meses como me buscaron a mí, en si existe un defensor o solo una celda. Esa diferencia, que puede parecer un detalle procedimental a quien nunca la ha vivido, es en realidad la distancia exacta entre una república y una tiranía.

Me enseñaron, en esas paredes que prefiero no seguir nombrando, que la crueldad es contagiosa. Que quien la padece sin procesarla la reproduce con una naturalidad que espanta. Por eso la compasión no es ingenuidad ni es amnesia: es el único antídoto que existe contra ese veneno. Es la decisión consciente y difícil de negarse a perpetuar el ciclo, aunque el ciclo te haya devorado a ti primero.

Que los culpables respondan. Que los procesos sean reales, transparentes, verificables. Que la verdad se diga completa y en voz alta. Eso es lo que le debemos a Venezuela, pero que nadie desaparezca, que ninguna madre pase siete meses sin saber si su hijo respira. Eso también se lo debemos a Venezuela y a nosotros mismos.

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