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Opinión

El precio de la verticalidad, por Ángel Montiel

 

En una política acostumbrada a los dobleces y al cálculo de sobrevivencia, Juan Pablo Guanipa ha hecho de la intransigencia su bandera. No se trata de idolatrar figuras y elevar individuos por encima de la causa, sino analizar la anatomía de una conducta política coherente.

Guanipa no es un fenómeno aislado, es el hijo de Manuel Guanipa Matos, el desaparecido dirigente regional de Copei en el Zulia, y ha demostrado ser un fiel y consecuente dirigente socialcristiano. Esta formación doctrinaria es la que explica su resistencia, para él, la política es un servicio subordinado a la ética y no un fin para el poder. Su trayectoria no se mide hoy por los cargos que ostenta, sino por la integridad de una postura que lo ha convertido en el objeto prioritario de un sistema que no admite disidencias inquebrantables.

El momento que define su biografía ocurrió en octubre de 2017. Tras ganar la Gobernación del estado Zulia por el voto popular, Guanipa enfrentó una encrucijada que puso a prueba su formación socialcristiana juramentarse ante una Asamblea Nacional Constituyente, ANC, que él mismo había denunciado como un órgano ilegítimo, o perder el poder administrativo del estado más estratégico e importante de Venezuela.

Eligió el segundo. Mientras otros cuatro gobernadores electos de la oposición claudicaron y caminaron obedientes hacía la sede de la ANC para subordinarse en un acto de pragmatismo, Juan Pablo Guanipa se mantuvo firme. El régimen respondió con una destitución inmediata y la convocatoria de nuevas elecciones, entregando el estado al oficialismo. En ese acto, más allá de la persona, lo que quedó en evidencia fue el método, la negativa de negociar principios básicos por cuotas de poder. Su frase “los principios no se negocian” se convirtió en un hecho político concreto que lo alejó de la burocracia pero lo mantuvo vigente en la opinión pública.

La verticalidad de Juan Pablo Guanipa tiene consecuencias y no retóricas. El aparato de seguridad del Estado lo ha perseguido con saña particular. En múltiples ocasiones, comandos armados hasta los dientes, vestidos de negro y sin identificación oficial, han ejecutado detenciones que funcionan bajo la lógica del secuestro. Lo interceptan en plena vía pública, lo encierran en vehículos blindados y lo mantienen en un limbo legal, demostrando que el sistema solo tolera a la disidencia que no supone una amenaza real.

Guanipa, al ser un dirigente fiel a sus raíces y al negarse a moderar su discurso o a participar en diálogos que considera claudicaciones permanece en la lista negra. Para el poder, un político que no se dobla es un error que debe ser corregido mediante la fuerza bruta.

Más allá de personalismos el discurso de Guanipa rescata las banderas del federalismo que su padre también defendió. Denuncia constantemente como el centralismo asfixia a las provincias, especialmente al estado Zulia, que bajo su óptica es la prueba irrefutable del fracaso del modelo centralizado. Esta conexión regional, sumada a su identidad socialcristiana, le otorga una legitimidad que molesta permitiéndole actuar como un movilizador de conciencias sin necesidad de presupuestos oficiales.

Hoy, la justicia del régimen ha transformado la firmeza de las convicciones en un expediente judicial. Bajo la premisa que disentir es conspirar, la resistencia como delito se ha convertido en una etiqueta para justificar su encierro. Juan Pablo Guanipa enfrenta una medida de casa por cárcel en su residencia en Maracaibo, su libertad está limitada por un grillete electrónico y la medida de casa por cárcel en su residencia de Maracaibo, pero con un agravante tecnológico, porta un grillete electrónico que monitorea cada uno de sus movimientos.

Su hogar custodiado por el asedio visual de los organismos de inteligencia, es el escenario de una nueva fase de resistencia.
Sin embargo, el caso de Juan Pablo sirve para recordar que, en un sistema donde todo parece tener precio, la coherencia sigue siendo el activo más vigilado y temido por el poder. Su apuesta no es por el reconocimiento individual, sino por demostrar que, cuando el polvo de la crisis se asiente, solo tendrán peso aquellos que no sacrificaron sus principios por un cargo efímero.

@angelmontielp

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