
No todas las guerras se declaran con bombas. Hay una más sutil, cruel, que se libra en el silencio de las omisiones, en el gesto que desprecia, en la palabra que anula. Esa otra violencia, la que, sin estrépito, desmorona el alma de un país, asomándola al abismo de una herida colectiva, pero también al resplandor de una exigencia que persiste, la de la dignidad recobrada.
Beligerancias que prescinden de lo explosivo, pero devastan el cuerpo y pulverizan la mente con igual ferocidad. La conflagración sigilosa de la desatención premeditada, la mueca arrogante y el vocablo humillante. En Venezuela, el menosprecio mutó de un simple exceso retórico a política de Estado. Vilipendio y subestimación ciudadana se elevó a fino instrumento de dominación. Su costo humano es una tragedia incalculable.
La nación padece una crisis humanitaria cuantificable en un éxodo bíblico y una macroeconomía hecha añicos. Sufre hemorragia del alma, complicada con epidemia de desesperanza, síntomas que ningún informe financiero, económico, social o político, logra capturar en su totalidad.
La psiquiatría lo definiría como trauma social colectivo. Cuando una población es tratada como invisible y se le arrebatan las garantías existenciales más elementales, el cerebro reacciona como ante una amenaza letal. El resultado es una sociedad en alerta permanente, exhausta. Informes recientes, como los de la UCAB, lo exponen con crudeza: el miedo, la violencia normalizada y la desconfianza crónica, -esta última asfixia al 80 % de los venezolanos-, triturando la salud mental. Detrás de cada desterrado hay un duelo silente; detrás del trabajador que subsiste con salario de indigencia se incuba una depresión profunda que la demagogia oficialista es incapaz de curar. Son la herida invisible que no cierra, el trauma, la suspicacia y el sometimiento provocado.
La psicología social denomina a esta parálisis «indefensión aprendida». Cuando una tiranía inocula sistemáticamente la idea de que cualquier esfuerzo cívico es inútil, que la injusticia es invencible, la apatía y el cinismo se apoderan de la ciudadanía. El tejido social no se fracturó únicamente por la escasez material, sino porque la confianza, ese capital intangible sin el cual ninguna República respira, ha sido erradicada. En su lugar, el régimen impuso el «sálvese quien pueda», sembrando sospecha entre vecinos e incapacitándonos para imaginar un futuro compartido de excelencia.
Sin engaño, este oprobio no es un accidente producto de la incompetencia; es una perversa tecnología de poder deliberada y aplicada con alevosía. Dividir a la sociedad entre un supuesto «pueblo virtuoso» y «enemigos de la patria» fue una táctica fríamente pensada para cohesionar a las mafias mediante el odio y justificar la exclusión. Gobernar doblegando garantiza sumisión a corto plazo, silencia a los críticos y moviliza el miedo. Es la ignominia, degradación, bajeza y humillación sin pudor ni rubor como política de Estado.
Sin embargo, esta soberbia arrastra un precio histórico ineludible. Al despreciar a la sociedad civil, a la academia y a las voces disidentes, el régimen dinamitó sus alertas tempranas. Quien gobierna desde la arrogancia, ignorando que el sistema de salud colapsa, el hambre impera, los servicios básicos son inservibles, daña irreparablemente a la nación y se ciega a sí mismo ante su propio e inminente derrumbe.
La dimensión humana de esta tragedia desgarra. El anciano que sobrevive sintiéndose un estorbo, el joven intoxicado por la polarización, la madre ignorada por la retórica oficial en su calvario de madrugada. Venezuela demanda pan, agua y electricidad, pero exige, con mayor urgencia, un proceso genuino de reconocimiento y restitución de su dignidad.
Mientras el desdén siga siendo moneda de cambio del poder, y la estrategia sea quebrar el alma, la lesión permanecerá abierta, supurante, y el costo será enorme. El primer paso para escapar de este légamo hediondo y putrefacto es, paradójicamente, el más simple y el más temido por el salvajismo totalitario, legitimarse, mirar al otro a los ojos, reconocer su angustia y sufrimiento, devolverle la condición de ciudadano libre que le fue robada, despojada y secuestrada.
@ArmandoMartini
