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El mundo que conocíamos ya no existe. El orden global que definió el siglo XX se encuentra en transformación, y con él, las certezas que durante décadas guiaron la política internacional. Las alianzas han dejado de ser permanentes, las amenazas se han vuelto difusas y la seguridad ha pasado a ocupar el centro de la discusión global. En este nuevo escenario, las palabras no solo describen la realidad: la construyen.
En ese contexto, una afirmación reciente del analista político estadounidense Pete Hegseth —figura influyente dentro del pensamiento conservador— ha pasado relativamente desapercibida, pero encierra implicaciones profundas: la idea de que todas las naciones al norte del ecuador forman parte de un mismo perímetro de seguridad. Más que una consigna, se trata de una señal de cambio estructural.
Detrás de esta visión emerge una nueva forma de entender el poder, donde la seguridad deja de ser exclusivamente nacional y pasa a concebirse como una arquitectura regional. Lo que comienza a tomar forma es una doctrina que busca reorganizar el hemisferio bajo una lógica compartida, adaptando el orden internacional a un mundo donde los riesgos son constantes, interconectados y cada vez menos previsibles
De la Doctrina Monroe a la convergencia estratégica
Aunque el planteamiento parece novedoso, sus raíces son profundas. Desde la Doctrina Monroe, Estados Unidos ha considerado el hemisferio occidental como un espacio estratégico prioritario. Sin embargo, el enfoque actual introduce un cambio significativo.
Ya no se trata únicamente de impedir la intervención de potencias externas, sino de incorporar activamente a los países de la región dentro de un mismo marco de seguridad y cooperación. Es un giro conceptual: se pasa de una lógica de contención a una de integración estratégica.
Este cambio implica una redefinición del rol de los Estados. Las naciones dejan de actuar de forma completamente aislada y comienzan a formar parte de un sistema más amplio, donde la seguridad compartida se convierte en el eje articulador.
Geografía del poder: del Ártico al Golfo
Uno de los elementos más relevantes de esta doctrina es su énfasis en la geografía. Regiones que antes parecían periféricas adquieren un nuevo protagonismo estratégico.
El Ártico, con territorios como Groenlandia, se posiciona como un espacio clave debido a sus recursos naturales y a las nuevas rutas marítimas emergentes producto del deshielo. Al mismo tiempo, el Golfo de México continúa siendo un eje energético fundamental para el hemisferio.
La conexión entre estos puntos configura un corredor estratégico que integra recursos, comercio y defensa. No se trata únicamente de geografía física, sino de una verdadera geografía del poder.
En este contexto, la llamada Gran América del Norte deja de ser una idea abstracta y comienza a perfilarse como un diseño funcional con implicaciones concretas en términos de influencia, control y proyección estratégica.
América Latina ante el dilema estructural
Para América Latina, esta doctrina no es simplemente una propuesta teórica, sino un punto de inflexión. La región, con más de 650 millones de personas y cerca del 7% del PIB global, se encuentra en una encrucijada donde convergen intereses de seguridad, desarrollo económico y autonomía política.
La posible integración a un perímetro estratégico liderado por Estados Unidos podría traducirse en mayores niveles de inversión, cooperación en seguridad y estabilidad macroeconómica. Al mismo tiempo, implicaría una reconfiguración de las reglas del juego en términos de soberanía.
Históricamente, las relaciones con Estados Unidos han oscilado entre cooperación y tensión. Sin embargo, el escenario actual introduce variables adicionales. China se ha consolidado como el segundo socio comercial de la región —y el primero para economías clave como Brasil, Chile y Perú— con intercambios que superan los 450 mil millones de dólares anuales. A esto se suma la presencia estratégica de Rusia en sectores como defensa y energía.
Este entorno multipolar obliga a los países latinoamericanos a adoptar posiciones cada vez más pragmáticas.
Desde una perspectiva económica, la región enfrenta desafíos estructurales persistentes: bajo crecimiento, alta informalidad laboral y una fuerte dependencia de materias primas. En este contexto, una mayor articulación hemisférica podría representar una oportunidad para diversificar economías, fortalecer cadenas de suministro y atraer inversión en sectores estratégicos.
El verdadero dilema, por tanto, no es simplemente geopolítico, sino estructural. América Latina deberá decidir si se posiciona como un actor activo dentro de esta nueva arquitectura —negociando términos y aprovechando oportunidades— o si adopta una postura reactiva que la deje, una vez más, al margen de los grandes procesos de transformación global.
Pero la pregunta de fondo permanece abierta: ¿se trata de un proyecto de cooperación estratégica… o de una nueva forma de hegemonía?
Energía, migración y defensa: los pilares de la doctrina
La doctrina de la Gran América del Norte se articula en torno a tres pilares fundamentales que reflejan las prioridades del contexto actual.
El primero es la energía. El hemisferio concentra recursos clave cuya gestión coordinada puede garantizar estabilidad y ventaja competitiva en el escenario global.
El segundo es la migración, que deja de entenderse únicamente como un fenómeno social para convertirse en un asunto estratégico. La estabilidad de los países de origen y el control de los flujos migratorios pasan a formar parte de una misma ecuación.
El tercer pilar es la defensa. La cooperación militar, el intercambio de inteligencia y la presencia estratégica buscan construir un sistema capaz de responder a amenazas complejas.
La integración de estos tres elementos define la esencia operativa de esta doctrina.
Una región redefinida: ¿quiénes forman la Gran América del Norte?
En su máxima expresión, esta visión abarcaría un espacio geopolítico amplio y diverso. Estados Unidos, Canadá y México constituirían el núcleo estructural, extendiéndose hacia América Central —Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Panamá— y el Caribe, incluyendo a Cuba, República Dominicana y Haití.
Incluso países del norte de América del Sur como Colombia, Venezuela y Ecuador podrían quedar bajo esta lógica de “perímetro de seguridad”.
No se trataría de una integración formal, sino de una red estratégica donde la seguridad actúa como eje articulador. Este rediseño implica una transformación profunda del concepto de vecindad: las crisis internas dejan de ser locales para convertirse en asuntos hemisféricos.
En este escenario, la soberanía no desaparece, pero sí se redefine bajo una lógica de interdependencia marcada por la economía y la seguridad.
Conclusión: más allá del mapa
La doctrina Hegseth y la idea de una Gran América del Norte representan un intento de adaptación a un mundo en transformación. Sin embargo, su viabilidad no dependerá únicamente de su coherencia estratégica, sino de su legitimidad en la región.
La historia ha demostrado que los mapas diseñados desde el poder no siempre reflejan las realidades de quienes los habitan. Por ello, el reto no radica únicamente en trazar nuevas arquitecturas geopolíticas, sino en construir consensos reales.
Para trascender el discurso, esta visión deberá traducirse en beneficios concretos: seguridad, crecimiento económico y reglas claras de cooperación.
Porque, al final, la verdadera exigencia no radica en resistirse al cambio, sino en entenderlo y saber posicionarse dentro de él. En un mundo donde los bloques estratégicos redefinen el poder, América Latina tiene la oportunidad de actuar con claridad, negociar desde sus fortalezas y consolidarse como un actor relevante dentro de esta nueva arquitectura hemisférica.
Dayana Cristina Duzoglou
X: @dduzoglou

