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El no fallecimiento de Netanyahu: Cómo el sesgo cognitivo alimenta la conspiración

La rumores sobre el fallecimiento del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, persiste en las redes pese a los desmentidos del propio mandatario, quien incluso ayer mismo hizo una aparición pública asegurando que estaba “vivo” | EFE/EPA/RONEN ZVULUN / POOL

 

La ola de rumores sobre el fallecimiento del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, persiste en las redes pese a los desmentidos del propio mandatario, quien incluso ayer mismo hizo una aparición pública asegurando que estaba “vivo”. Sin embargo, lejos de acabar con las conspiraciones, los usuarios siguen alimentando estas teorías empujados por lo que los expertos denominan como sesgo cognitivo: quisieran que fuera verdad.

La difusión masiva de estas especulaciones y el escepticismo generalizado en internet y en la población están vinculados directamente con el deseo de creencia de que su muerte sea realidad, donde influyen directamente los sesgos de confirmación y cognitivos que reafirman la postura de esta parte de la población.

Cronología de una conspiración

Todo comenzó con un vacío de información. Durante los días de máxima tensión entre Irán e Israel, Netanyahu no apareció en actos públicos ni grabaciones. Esa ausencia prolongada fue el caldo de cultivo ideal para que en redes sociales empezara a circular el runrún constante sobre su posible fallecimiento.

Cuando el mandatario finalmente reapareció, la sospecha no desapareció, simplemente cambió de forma. Los usuarios analizaron cada fotograma buscando pruebas de manipulación y se viralizó una captura donde, supuestamente, Netanyahu tenía seis dedos en una mano, lo que sirvió para afirmar que el vídeo estaba generado íntegramente con inteligencia artificial.

Para frenar la bola de nieve, publicó un vídeo en una cafetería mostrando sus cinco dedos mientras tomaba café. Poco después, grabó otro junto al embajador estadounidense, Mike Huckabee, quien bromeó diciendo: «Me alegra verle vivo».

Sin embargo, internet siguió obcecado, e incluso el chatbot de X, Grok, echó aún más leña al fuego al asegurar a los usuarios que el vídeo de la cafetería estaba generado con una «IA avanzada aún no publicada».

Los vídeos no tienen indicios de manipulación

Se desmintieron las pruebas que apuntaban a que el vídeo de su alocución estaba generado con IA. No es cierto que aparezca con seis dedos, como demostró un análisis del material y herramientas especializadas en contenido sintético y tampoco existen inconsistencias en sus orejas o boca, ni otros rastros que indiquen alteraciones propias de la IA.

Otros verificadores, como Verifica Rtve, geolocalizaron la cafetería del otro vídeo y analizaron la grabación fotograma a fotograma. Tras pasar el material por herramientas de detección de contenido generado por ordenador, aseguran que la secuencia es totalmente real y no presenta rastro alguno de manipulación con inteligencia artificial.

Recientemente, se ha podido desmentir una nueva narrativa que asegura que Netanyahu faltó al Comité de Seguridad Nacional por estar muerto.

Es falso que Netanyahu se ausentase a esta reunión por primera vez en su historia porque, en realidad, el primer ministro no suele asistir a esta comisión ni forma parte de ese equipo parlamentario, como lo demuestran las sesiones pasadas consultadas y la propia página oficial del Gobierno de Israel.

¿Por qué no bastan las pruebas?

La razón por la que estas teorías cobran credibilidad frente a las pruebas reales se debe al sesgo cognitivo. Según la investigadora científica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Csic) Astrid Wagner los seres humanos sufrimos una  “vulnerabilidad cognitiva” influenciada por las opiniones personales del propio individuo.

«Bajo fuerte carga emocional, la atención se fija en detalles minúsculos (píxeles, dedos) porque encajan con lo que ya se quiere creer», afirma la investigadora.

Debido a ello, las personas se agarran a estas supuestas pruebas para confirmar su sesgo, lo que el catedrático de Psicología Social en la Universidad de Valencia Juan Antonio Pérez califica como “atajos mentales” que priorizan la “coherencia narrativa sobre la verificación perceptiva”.

Explica que en contextos de guerra el sesgo de confirmación “filtra la percepción antes de que lleguemos siquiera a contrastar la información”, sumado al  deseo intenso de que algo sea verdad, lo que el experto denomina como “wishful thinking”, una suerte de pensamiento ilusionante o deseoso.

Pérez va más allá y señala que creer en esta conspiración puede funcionar también como señal de “identidad grupal”, porque las personas tienden a evaluar la información no solo por su contenido, sino porque creer en ella implica ir acorde a “su grupo de pertenencia”.

“Así, el contenido de la conspiración deja de ser una cuestión de verdad o falsedad y se convierte en un marcador de quién eres, con quién estás y en qué bando te sitúas”, concluye.

Desinformación como arma estratégica

Wagner señala que este escepticismo es una de las “grietas” que aprovechan actores externos para desestabilizar la confianza institucional, en este caso países como Rusia e Irán.

Según la investigadora, potencias extranjeras integran estas campañas en “estrategias híbridas” para dañar la credibilidad de gobiernos y medios, aprovechando que los criterios compartidos para evaluar información están muy debilitados.

Sin embargo, la filósofa considera que los actores externos no son sólo los que se benefician de esta atmósfera de desconfianza, sino que también se aprovechan “actores internos con intereses ideológicos o económicos”.

De este modo, para ella la solución no es buscar culpables, sino reforzar la “resiliencia democrática” en su conjunto, a través de educación mediática, responsabilidad ciudadana y transparencia institucional y de los medios.

Estas reflexiones dejan claro que el verdadero desafío no es solo desmentir un píxel o un vídeo, sino reconstruir una confianza social lo suficientemente sólida como para que los hechos vuelvan a ser un terreno común, por encima cualquier sesgo.

EFE

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