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El experimento social de la cárcel de Stanford: estudiantes convertidos en guardias y presos para un ensayo que terminó en desastre

La universidad de Stanford fue el escenario de una falsa prisión donde se recreó el ambiente carcelario con vigilancia permanente por cámaras. Fue suspendido al sexto día tras la intervención externa de Christina Maslach, quien denunció los abusos éticos

 

“Pueden producir en los prisioneros que sientan aburrimiento, miedo hasta cierto punto, pueden crear una noción de arbitrariedad y de que su vida está totalmente controlada por nosotros, por el sistema, ustedes, yo, y de que no tendrán privacidad… Vamos a despojarlos de su individualidad de varias formas. En general, todo esto conduce a un sentimiento de impotencia. Es decir, en esta situación tendremos todo el poder y ellos no tendrán ninguno”, fue la instrucción que el psicólogo Philip Zimbardo les dio a los sujetos elegidos para participar como guardianes de prisión en uno de los experimentos de comportamiento más polémicos del siglo XX, conocido como el experimento de la cárcel de Stanford.

Por infobae.com

Corría 1971 y lo que Zimbardo quería investigar era el efecto psicológico que ejercía la percepción de poder y la influencia del rol otorgado a las personas por un contexto extremo. Fue un experimento fallido y terminó suspendido por los efectos que estaba logrando. Lo que Zimbardo diseñó fue una prueba que le permitiera observar de qué manera personas que no habían tenido relación con el entorno carcelario se adaptaban a una situación de extrema vulnerabilidad frente a otros. Para eso puso un aviso en los diarios donde ofrecía quince dólares diarios a estudiantes jóvenes, de clase media, por participar en la experiencia.

Se presentaron 72 voluntarios, de los cuales, luego de una serie de entrevistas, quedaron seleccionados 24, a quienes se sometió a una batería de pruebas psicológicas. De acuerdo con los resultados, se los dividió en dos grupos de doce: los integrantes de uno de ellos cumplirían el papel de guardiacárceles, en tanto que los otros doce serían prisioneros, que debería permanecer recluidos durante todo el experimento, inicialmente programado para quince días. Se les dijo que la selección había sido por sorteo, lo cual era falso.

La experiencia si bien pasó a la historia como “El experimento de la cárcel de Stanford” no se desarrolló en ninguna prisión, sino en los sótanos de la propia universidad, que fueron acondicionados como si fueran una verdadera institución carcelaria, con celdas para tres personas.

Un antecedente siniestro

Zimbardo no ideó su experimento desde la nada, sino que se inspiró en otro estudio psicológico realizado una década antes en otra famosa universidad, la de Yale. Se lo conoce como “el experimento de Milgram” porque fue dirigido por el psicólogo Stanley Milgram. Quiso investigar la obediencia a la autoridad o, mejor dicho, qué límites éticos pueden atravesar o no las personas cuando se les dan órdenes. Su inspiración fueron los juicios de Nuremberg que juzgaron los crímenes del nazismo tras la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de los acusados había basado su defensa en el hecho de que simplemente estaban “siguiendo órdenes” de sus superiores. Un argumento que utilizarían décadas después los represores de la última dictadura argentina para justificar sus crímenes de lesa humanidad.

El experimento de Milgram fue muy controvertido porque engañó a los participantes, diciéndoles que se trataba de un estudio sobre memoria y aprendizaje. Dividió a los cuarenta voluntarios en dos grupos aleatorios: a unos les dijo que serían profesores y a los otros que serían estudiantes. Luego se llevó a los “estudiantes” a otra habitación y les pidió a los “profesores” que pusieran a prueba la memoria de sus presuntos alumnos.

Les dijo que si se equivocaban debían castigarlos con una descarga eléctrica. La máquina que utilizaban para esto emitía descargas que iban desde los cincuenta hasta los 450 voltios. La potencia máxima tenía escrita abajo una advertencia que decía: “Peligro: shock severo”.

En realidad, la máquina no emitía voltaje y los gritos eran grabaciones. Pero lo cierto es que el controvertido experimento de Milgram comprobó que la mayoría de las personas estaban dispuestas a dañar físicamente a otro antes que enfrentarse a la persona –a la autoridad- que les había dado la orden.

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