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El día que un padre desesperado mató de un balazo frente a las cámaras de TV al hombre que había violado a su hijo

Jody Plauché junto a su padre Gary en una foto familiar

 

-¿Por qué, Gary, por qué lo hiciste? – le preguntó el policía de Baton Rouge que lo redujo, cuando el hombre tenía todavía la pistola en la mano.

Por infobae.com

-Si alguien se lo hiciera a tu hijo, vos también lo harías – respondió Gary Plauché sin ofrecer resistencia. A sus pies yacía el cuerpo agonizante de Jeffrey Doucet con un balazo en la cabeza. Todo quedó registrado por las cámaras del canal local WBRZ-TV, uno de cuyos periodistas le había avisado a Plauché el vuelo y la hora de la llegada del secuestrador y violador de su hijo Jody, trasladado por la policía desde Anaheim, California, para juzgarlo.

El secuestrador Jeff Doucet no era un desconocido para los padres de Jody. Todo lo contrario, era una persona de su confianza, a la que querían y respetaban. El chico tenía diez años cuando lo inscribieron, junto con sus tres hermanos, en las clases de karate que daba ese exmarine afable en su dojo de la ciudad. Los padres de Jody estaban separados y esa actividad le hacía bien a su hijo, que llegó incluso a ganar un trofeo en el torneo Fort Worth Pro-Am. Entrevistado por un diario local, Gary Plauché dijo entonces de Doucet: “Él es nuestro mejor amigo”.

Abuso de confianza y algo más

Corría 1983 y las artes marciales eran furor en Estados Unidos, cuando Jody comenzó a tomar clases en el dojo de Doucet con sus hermanos. El instructor tomó al chico, que estaba en crisis por el divorcio de sus padres, bajo su protección. Jody tenía diez años y admiraba a ese karateca veinteañero y simpático que le enseñaba los secretos del karate. Gary Plauché también estaba contento, porque veía el entusiasmo de Jody, que no quería perderse una sola clase. Además, notaba que su hijo, algo entrado en carnes, se estaba haciendo fuerte y desarrollaba sus músculos.

Gary no sospechó nada cuando Doucet se ofreció a pasar más tiempo con Jody en actividades por fuera del karate. Incluso le enseñó a manejar su propio auto. Años después, ya adulto, Jody recordó esas clases de conducción, durante las cuales el conductor lo sentaba sobre sus piernas con la excusa de que así alcanzaría más fácilmente el volante. Le llamó la atención, eso sí, que el bueno de Jeff le pusiera una mano entre sus piernas y le rozara el miembro, pero no entendía muy bien que estaba sucediendo o, mejor dicho, lo que le estaba haciendo. “Pensé: ¿Qué está pasando? ¿Por qué me toca? Y creí que era un accidente, algo casual. En ese momento no dije nada. Pero ahora sé que Doucet estaba poniendo a prueba los límites. Un pedófilo de manual. Todos ponen a prueba los límites”, contó.

Poco después, los abusos se hicieron más manifiestos, pero Jody siguió guardando silencio, sometido a los argumentos de Doucet. “Esto tiene que ser un secreto entre nosotros. Si le contás a alguien voy a sufrir yo y vos también”, le decía. Años más tarde, Jody buscó las razones que lo habían llevado a callar. Encontró tres: “Uno, tenía 10 años. Dos, lo que estaba pasando sabía que molestaría a mis padres. Tres, en ese momento, no quería que se metiera en problemas. Era más fácil para mí callarme que molestar a todos”, dijo.

Secuestro y violaciones

Todo eso a Jeffrey Doucet no le bastaba. Quería más y en su mente pensó que lo conseguiría secuestrando al chico. En febrero de 1984 lo “convenció” para que viajara con él a California. Antes de viajar, cambió su aspecto y el de Jody: él se afeitó la barba, al niño le tiñó el pelo de negro para hacerlo irreconocible si se publicaban fotografías para localizarlo. Después lo subió con él a un ómnibus de larga distancia con destino a Los Ángeles.

Lo registró con él en un hotel rutero de Anaheim, donde lo retuvo durante diez días durante los cuales lo violó una y otra vez. Mientras tanto, los padres de Jody lo buscaban desesperadamente. La misma noche de su desaparición hicieron la denuncia en la comisaría, pero no había muchas pistas que condujeran a averiguar dónde estaba. Solo sabían que el profesor de karate también había desaparecido del dojo y de los lugares que solía frecuentar. Tampoco había rastros de él.

Nunca se sabrá qué pasó por la enfermiza cabeza de Jeffrey Doucet cuando, pasados diez días, le permitió a Jody que llamara por teléfono a su madre. Esa llamada significó la salvación del chico y también su propia perdición, porque la policía tenía intervenidos los teléfonos de la familia y pudo rastrear la comunicación. Minutos después de que Jody dejara el teléfono, la policía de Anaheim llegó al hotel y lo encontró en la habitación con Doucet. Al chico lo llevaron de inmediato a Baton Rouge para que se reuniera con sus padres. Al profesor de karate lo esposaron y lo metieron en una celda.

Pese a que la policía de Anaheim sospechó desde un primer momento de Doucet, Gary se negaba a creer que ese amable profesor fuera el secuestrador de su hijo. Por eso, cuando todo quedó claro, el golpe fue terrible para él. No solo estaba angustiado por los abusos a los que había sido sometido Jody, también se sintió traicionado por Doucet, a quien hasta entonces había considerado su amigo. A partir de ese momento supo que la cárcel no era suficiente para el abusador y decidió borrarlo de la faz de la tierra con sus propias manos.

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