
Jorge Rodríguez, el mismo vocero del chavismo que hace menos de dos años exigía a gritos la detención de la liderazgo opositor, sufrió este jueves 5 de febrero un ataque repentino de amnesia selectiva y bondad. En una declaración que parece sacada de una comedia mal escrita, el presidente de la Asamblea Nacional chavista aseguró hoy que «no le gustan los presos» y pidió perdón, intentando lavarse la cara ante el nuevo escenario político que atraviesa el país tras la caída de Nicolás Maduro.
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«Pedimos perdón. Porque lo digo con claridad. A mí no me gustan los presos. Puede ser necesario por los códigos penales, o por lo que sea», soltó Rodríguez con un cinismo monumental. Para rematar la faena, se inventó una anécdota con el difunto Hugo Chávez para justificar su supuesta naturaleza pacifista. «A mí Chávez una vez me ofreció ser (…) ministro del interior. Y me dijo: ‘mejor no, porque vas a soltar a todos los presos, comunes, incluidos’».
Sin embargo, la hemeroteca no perdona. El 30 de julio de 2024, dos días después del fraude electoral donde el régimen se autoproclamó ganador, el tono de Rodríguez era muy distinto. En aquel entonces, con la arrogancia que caracterizaba a la cúpula, no hablaba de perdón, sino de esposas y calabozos para quienes pensaban distinto.
«Tienen que ir presos sus jefes, los que les ordenaron, los que les pagaron. Y cuando digo jefe no me refiero solamente a María Corina Machado, no, que tiene que ir presa. Me refiero a Edmundo González Urrutia, porque él es el jefe de la conspiración fascista», bramaba el psiquiatra ante las cámaras, tildando a los manifestantes de «malandros» y «drogadictos».
Hoy, con la soga de la justicia internacional apretando y el tablero político volteado, el discurso de odio se transformó mágicamente en una prédica de conciliación. El vocero chavista parece haber olvidado sus propios diagnósticos de «conspiración fascista» para sumarse, convenientemente, a la ola de «reconciliación» que ahora promueve su hermana Delcy desde el poder interino.
