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El calvario de la joven que fue violada y torturada durante un mes: la decapitaron y ocultaron su cabeza dentro de un peluche

La noche del 17 de marzo de 1999, Fan Man-yee fue obligada a subir a un departamento en Kowloon, en Hong Kong. Nadie en el edificio imaginaba que, durante semanas, detrás de una de sus puertas, se desarrollaba uno de los crímenes más brutales en la historia de la ciudad. Las atrocidades que padeció la joven de 23 años y su posterior desaparición revelarían un nivel de violencia pocas veces visto incluso en una metrópolis acostumbrada a historias del bajo mundo.

Por infobae.com

En la segunda mitad de los años noventa, la vida nocturna de Hong Kong era un universo de luces de neón, clubes y karaokes donde miles de jóvenes buscaban escapar por unas horas de la presión económica y social. Pero también era un territorio dominado por códigos invisibles, deudas peligrosas y la presencia constante del crimen organizado. En ese ambiente, Fan intentaba sobrevivir como podía, moviéndose entre la precariedad, la dependencia económica y un círculo de personas tan poderosas como despiadadas.

Una vida marcada por la vulnerabilidad

Fan Man-yee nació el 15 de febrero de 1976 en Hong Kong, en un contexto de extrema fragilidad social. Su infancia estuvo marcada por la violencia doméstica, el abandono y la precariedad económica. Tras ser abandonada por su familia, fue enviada a un orfanato, donde vivió hasta cumplir 15 años, momento en que tuvo que irse por las restricciones de edad de la institución. Sin un hogar al que regresar ni una red de apoyo que la contuviera, terminó viviendo en la calle.

Desde ese momento, su vida comenzó a deslizarse por un camino cada vez más incierto. Para sobrevivir, empezó a trabajar en clubes nocturnos como anfitriona, una ocupación relativamente común para mujeres jóvenes en la ciudad. Su trabajo consistía en acompañar a los clientes, conversar, beber con ellos y crear una atmósfera de seducción que, en muchos casos, derivaba en acuerdos informales o intercambios económicos fuera del club. Era un entorno donde la frontera entre compañía, consumo y explotación era bastante difusa.

En ese mundo conoció a hombres que le ofrecían dinero, alojamiento temporal o una aparente protección, pero pocas veces una ayuda real o duradera. Con el tiempo, el consumo de drogas —especialmente metanfetamina— comenzó a formar parte de su vida cotidiana. Al principio funcionó como una vía de escape frente a las dificultades, pero pronto se convirtió en algo habitual dentro de los círculos nocturnos en los que se movía.

En 1996 se casó con Ng Chi-yuen, un hombre que también luchaba contra problemas de adicción. Dos años después nació su hijo. Durante un tiempo, Fan intentó cambiar el rumbo de su vida: trató de alejarse de las drogas y del trabajo sexual, buscó mudarse y construir un entorno más estable para su hijo. Sin embargo, la relación con su esposo era conflictiva y violenta, y la inestabilidad económica hacía cada vez más difícil sostener ese intento de reconstrucción. Finalmente, la necesidad de dinero la empujó nuevamente hacia el ambiente nocturno del que había intentado salir.

Fue en ese contexto cuando conoció a un hombre que terminaría marcando su destino: Chan Man-lok, un narcotraficante local vinculado al bajo mundo hongkonés y cliente habitual de los clubes donde Fan trabajaba. Tenía 34 años, dinero, influencia en ciertos sectores del ambiente y una reputación que despertaba temor entre quienes lo rodeaban. Al principio, Fan lo trató como a cualquier otro cliente frecuente. Con el tiempo, Chan comenzó a prestarle dinero y a proponerle encuentros fuera del trabajo. La relación que se fue formando entre ambos estaba lejos de ser equilibrada: el poder y las condiciones siempre estaban de un solo lado.

Pero Fan necesitaba el dinero. Y el dinero, como tantas veces en ese mundo, terminaría arrastrando consigo la tragedia.

El robo que desencadenó la pesadilla

Según los registros judiciales del caso, Fan tomó un día una decisión impulsiva: robó la cartera de Chan Man-lok y se llevó aproximadamente 4.000 dólares hongkoneses. No estaba en condiciones de afrontar la deuda, y mucho menos la furia de un hombre acostumbrado a que todos le obedecieran.

Chan no denunció el robo ante la policía, claro. Tenía su propia ley: juntó a sus secuaces para que se cobraran. Leung Shing-cho, un joven de 21 años, y Leung Wai-lun, de 14 años. Además, participó una adolescente de 14 años, novia de uno de los agresores. El plan inicial, reconstruido durante el juicio, era secuestrarla y forzarla a trabajar para ellos hasta devolver el dinero. Pero lo que comenzó como un ajuste de cuentas terminó convirtiéndose en una espiral de crueldad cada vez más extrema.

Fan Man-yee fue capturada el 17 de marzo de 1999 y llevada a un departamento en el distrito de Kowloon, donde durante semanas padeció una sucesión de tormentos físicos y psicológicos documentados en la investigación judicial. Allí fue prostituida “para saldar la deuda” y reiteradas veces violada por cada uno de los miembros de la banda.

Desde el primer día la golpearon con barras metálicas y le dieron infinidad de puñetazos y patadas en todo el cuerpo. La ataron de pies y manos, impidiendo cualquier intento de defensa o escape. Le arrancaron cabellos y cejas, y la colgaron en distintas posiciones del techo para someterla a más dolor; la quemaron con cera caliente y plástico derretido, la obligaron a tomar duchas de agua hirviendo, provocándole graves quemaduras.

También fue obligada a consumir clorhidrato de metanfetamina, la forzaron a comer heces y beber orina de sus captores y explotadores. A veces la dejaban días enteros sin comida, o le tiraban restos de comida, obligándola a comer del piso, como única alimentación.

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