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El Arca de Zoé, la falsa misión humanitaria que secuestró cien niños en África para venderlos en Francia

Las familias que buscaban adoptar, pensaban que rescatarían niños del infierno de Darfur (REUTERS/El Tayeb Siddig To match Special Report SUDAN-POLITICS/DARFUR-ATTACKS)

 

 

 

Si la escena perteneciera a una película de Hollywood, una de esas donde los buenos son buenísimos y los malos son malísimos, el espectador no tendría dudas sobre lo que está sucediendo: un grupo de valientes trabajadores humanitarios, ayudados por la intrépida tripulación del avión y acompañados por tres audaces periodistas para registrar los hechos, está a punto de salvar a más de cien huerfanitos africanos para llevarlos a un país civilizado – de Occidente, claro – cuando, seguramente por el aviso de un traidor, la policía de un gobierno despiadado de un país retrasado los intercepta en la pista y les impide escapar.

Por Infobae

Esas imágenes bien podrían reflejar lo que ocurrió el 25 de octubre de 2007 en el aeropuerto Abéché, en Chad, cuando la policía local detuvo en la pista a un avión charter de la compañía española Girjet y obligó a bajar a los tripulantes y los pasajeros. Por la escalerilla descendieron los siete españoles que integraban la tripulación del vuelo, seis franceses pertenecientes a una ONG humanitaria y tres periodistas de esa misma nacionalidad. La policía los detuvo de inmediato, mientras la pista se llenaba de otras presencias que también emergían de las entrañas del avión: 103 niños chadianos – 82 varones y 21 mujeres – presuntamente todos huérfanos y la mayoría de ellos enfermos o heridos.

Una verdadera escena de película, aunque en la realidad sus protagonistas jugaban papeles que eran todo lo contrario, porque los pretendidos buenos eran los malos y los supuestos malos estaban impidiendo un crimen. Porque lo que hizo la policía de Chad ese día fue desbaratar una monumental operación de tráfico de niños de entre uno y diez años con destino a Reims, en Francia, donde los recibirían “familias adoptivas” que habían pagado entre 2.800 y 6.000 euros por cada uno. No todos tendrían esa suerte: algunos también serían utilizados como mercancía en el tráfico ilegal de órganos.

La macabra operación fue obra de una organización criminal que se ocultaba bajo la fachada de una ONG llamada “El Arca de Zoé”, fundada dos años antes con supuestos fines humanitarios. Esa supuesta “misión humanitaria”, como la presentaba El Arca de Zoé, incluía otras falsedades, porque en Francia se había anunciado que los niños rescatados eran huérfanos de la guerra civil de Sudán Occidental – y no chadianos – que estaban heridos o enfermos, cuando en realidad todos habían sido “seleccionados” porque estaban perfectamente sanos y la mayoría de ellos tenía padres o familiares cercanos que podían cuidarlos.

La maniobra no fue descubierta por una filtración sino por la denuncia del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). Ese fue apenas el principio del escándalo. En los siguientes días, meses y años, el episodio provocaría fuertes tensiones diplomáticas, negociaciones no muy claras entre los gobiernos de Francia y de Chad, condenas judiciales imposibles de justificar por lo blandas y, fundamentalmente, una desconfianza que dificultó el accionar de un gran número de verdaderas organizaciones humanitarias que actuaban en diferentes países de África y otros lugares del mundo.

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