
Al ritmo de La gasolina de Daddy Yankee, Donald Trump celebró hace unos días la caída del precio del combustible en Estados Unidos. Su abaratamiento es la prueba de que su idilio incondicional con las grandes petroleras está dando frutos. Pero lo que subyace es una realidad más fuerte que la política energética de la Casa Blanca: el mundo está inundado de crudo.
Por: El Mundo
Esa sobreoferta no es coyuntural, ni es solo el resultado del apoyo férreo de la Administración Trump a la industria fósil. Es la consecuencia de un aumento histórico de la capacidad de refino, tanto dentro como fuera de EEUU, propulsado por la entrada en operación de megarrefinerías en Oriente Medio, Asia y África, y por la modernización del parque estadounidense.
Al empujón en refino (downstream) se ha superpuesto otro fenómeno igual o más decisivo: el rebote desde la pandemia de la inversión en exploración y producción de petróleo y gas (upstream, en la jerga). Especialmente desde 2022, muchas petroleras han destinado más capital a exprimir el subsuelo. En 2024, la inversión global en upstream superó por primera vez en una década los 600.000 millones de dólares; y aunque en 2025 retrocedió un 4%, hasta rondar los 570.000 millones, según la Agencia Internacional de la Energía (IEA), sigue muy por encima de los niveles de 2021 y 2022.
Todo ello a pesar de que la propia IEA anticipa para 2026 una de las mayores sobreofertas de la historia: un exceso de casi 4 millones de barriles diarios. La paradoja es evidente: ¿por qué el mundo sigue invirtiendo cientos de miles de millones en petróleo… cuando ya hay demasiado?
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