Es viernes en la noche y prácticamente todo Centro Habana es un fundido a negro. Solo se vislumbran las velas o algún farolillo solar en el interior de las inmensas casas coloniales carcomidas por la sal del mar y el paso de años complejos para Cuba. El silencio total de las calles lo rompe el sexto piso de Deauville, un hotel sin turistas que se resiste a perder el encuentro de son y timba que cada fin de semana reúne a un centenar de cubanos y a algún extranjero enamorado de Havana D’Primera o Maykel Blanco. Llueva o tiemble, dicen orgullosos. Y así es: ni en uno de los momentos más convulsos del país, con apagones interminables, una crisis alimentaria y sanitaria insostenible y amenazas constantes del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de tomar la isla, se apaga el parlante.
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