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Antonio De La Cruz:Opinión

Antonio de la Cruz: La mutación del poder en Venezuela

La reconfiguración del régimen de Delcy Rodríguez no anuncia su caída, sino su adaptación: un nuevo orden donde la estabilidad operativa desplaza a la legitimidad democrática.

 

Por décadas, el análisis de Venezuela ha oscilado entre dos premisas recurrentes: la expectativa de un colapso inminente y la ilusión de una transición democrática inevitable. Hoy, ninguna de las dos interpretaciones resiste el escrutinio. Lo que se observa no es una caída, sino una mutación. Y como suele ocurrir en estos procesos, el cambio real no se manifiesta en la superficie, sino en la reorganización silenciosa de los incentivos que sostienen el poder.

El orden surgido del chavismo, luego de la extracción de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero para ser juzgado en Estados Unidos, ya no descansa en la épica ideológica ni en la cohesión militar que definió la era de Hugo Chávez. Esa arquitectura ha sido sustituida por un esquema más pragmático y funcional, orientado exclusivamente a la supervivencia. Su lógica no es movilizar, sino administrar; no persuadir, sino operar.

En este nuevo arreglo, la legitimidad deja de derivar del voto y pasa a depender de la utilidad. Bajo presión judicial, crisis económica prolongada y realineamiento geopolítico, Delcy Rodríguez y su camarilla han abandonado la ideología de socialismo del siglo XXI en favor de una racionalidad instrumental: ofrecer estabilidad, garantizar flujos energéticos y reducir riesgos regionales. En ese intercambio, la soberanía se ha convertido en una variable negociable.

El desplazamiento del centro de gravedad desde el estamento militar hacia operadores civiles con capacidad de interlocución externa es quizás el rasgo más revelador. La autoridad ya no emana del rango ni de la trayectoria institucional, sino de la capacidad de gestionar relaciones con actores clave de la administracion Trump. El efecto inmediato ha sido la erosión del aparato coercitivo como institución autónoma. La Fuerza Armada, antes columna vertebral del régimen, deviene un instrumento fragmentado y crecientemente subordinado. 

Este proceso responde a una lógica de depuración selectiva. Las figuras asociadas al chavismo tradicional y madurismo—vinculadas a estructuras rígidas, redes ilícitas o alianzas geopolíticas hoy inconvenientes como China, Rusia e Irán— están siendo desplazadas. No se trata de una reforma moral, sino de una adaptación estratégica: hacer al sistema negociable.

El resultado es un desplazamiento lateral del poder: no hacia la democracia, sino hacia una forma de control más compatible con las expectativas estadounidense de la estabilización. Se pasa de un autoritarismo cerrado a uno flexible, capaz de ofrecer garantías operativas sin ceder el control político esencial.

Para la Casa Blanca, el Estado tutelado presenta la nueva arquitectura del poder estadounidense. Tras intervenciones fallidas en otras latitudes -Irak y Afganistán-, la prioridad ha cambiado: ya no es la transformación política profunda, sino la estabilidad suficiente. En ese cálculo, un arreglo que asegure petróleo, contenga flujos migratorios y reduzca amenazas regionales resulta preferible a una transición democrática incierta.

Sin embargo, esta lógica encierra una contradicción fundamental. Un orden que se estabiliza sin democratizarse no resuelve sus tensiones, las reconfigura. La exclusión de la voluntad popular como fuente de legitimidad crea una brecha que, inevitablemente, buscará manifestarse.

En este contexto, la oposición democrática enfrenta un dilema estructural. Posee legitimidad social y electoral, pero carece de control institucional. Esta asimetría la convierte en un actor indispensable en el relato, pero potencialmente irrelevante en la ejecución. El riesgo no es solo la derrota, sino la instrumentalización.

A ello se suma un factor decisivo: la psicología colectiva. Tras años de crisis, la sociedad venezolana muestra signos de agotamiento profundo. En ese estado, la preferencia por una normalidad imperfecta puede imponerse sobre la aspiración de cambio inmediato. Este desplazamiento reduce el espacio para la confrontación y aumenta la aceptación de soluciones graduales, incluso si implican concesiones significativas.

La convergencia de estos elementos configura un escenario de transición irreal: cambios sin una transformación sustantiva. La historia reciente sugiere que este tipo de arreglos puede perdurar más de lo esperado, siempre que las élites mantengan cohesionados sus incentivos y el entorno externo, léase Estados Unidos,  continúe validando el equilibrio.

Pero esa estabilidad es frágil. Depende de factores volátiles: cohesión interna, respaldo internacional y desempeño económico. Si alguno falla, la normalización puede revertirse con rapidez.

Venezuela, por tanto, no se encuentra al final de un ciclo, sino en su reconfiguración. La pregunta relevante no es si el régimen desaparecerá, sino en qué se convertirá. Y, más importante aún, si la transformación ampliará —o clausurará— las posibilidades de una democracia real.

La respuesta dependerá de si los actores clave comprenden una verdad incómoda: la estabilidad sin libertad no es la solución. Es, en el mejor de los casos, una pausa. En el peor, el preludio de una crisis aún más profunda.

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