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Ángel MontielOpinión

Ángel Montiel: El corrido del tirano

Al igual que Juan Charrasqueado, que “no lo dejaron montar en su caballo porque una bala atravesó su corazón”, al líder supremo de Irán, Alí Jamenei, no lo dejaron tomar un té porque una bomba atravesó su malvado corazón. El corrido de Juan Charrasqueado  es claro para ilustrar la muerte de quien por más de cuatro décadas gobernó con mano dura Irán. La analogía no es caprichosa, en la cultura popular el personaje de la ranchera mexicana representa al hombre que, creyéndose dueño de vidas y destinos, termina siendo alcanzado por el mismo destino de violencia que él mismo ayudó a labrar.

Jamenei no fue solo un líder religioso, como se ha tratado de hacer ver, fue el arquitecto de una estructura de opresión y muerte que se extendió por cuarenta años. Bajo su mirada fría y perversa, Irán pasó de ser una nación con potencial de modernidad a convertirse en un cuartel teocrático donde la disidencia se pagaba con la horca y la libertad de la mujer era aplastada bajo el peso de una moralidad impuesta por la fuerza de las armas. Durante cuatro décadas, el corazón malvado del ayatola extrajo los recursos de una nación rica en petróleo hacia grupos terroristas y milicias extranjeras, mientras su propio pueblo se hundía en la precariedad y el aislamiento internacional.

El régimen de Jamenei se sostuvo sobre el miedo. Su Guardia Revolucionaria, un ejército paralelo dedicado a la protección del dogma y no de la patria, actuó como el brazo ejecutor de una política de exterminio silencioso, contra periodistas, intelectuales y jóvenes que se atrevieron a levantar su voz. Al igual que el personaje del corrido, que “era valiente y arriesgado” Jamenei desafió al mundo exterior, pero no con honor, sino con el cinismo de quien utiliza la fe como escudo para perpetuar su estancia en el poder absoluto.

La historia nos ha enseñado que los regímenes que se basan en la bota y el fusil suelen tener finales estrepitosos. La bomba que atravesó todo su ser no fue un artefacto explosivo, fue el resultado de una acumulación de tensiones, de un odio sembrado a nivel mundial y de una resistencia interna que ya no soportaba más el yugo de una teocracia. Jamenei en su soberbia se sentía intocable en su palacio de Teherán, rodeado de clérigos que validaban sus sentencias de muerte sin entender que el mundo del siglo XXI no tolera eternamente a los verdugos que pretenden gobernar con leyes del medioevo. La caída de este líder supremo representa el cierre de un ciclo oscuro para el Medio Oriente. Irán, bajo su mando se convirtió en el principal factor de desestabilización regional, interviniendo en conflictos ajenos y financiando el caos desde el Líbano hasta Yemen. Su legado es una estela de luto y una economía en ruinas. Al final, la justicia, ya sea divina o terrena, suele presentarse de forma irónica, interrumpir un acto tan cotidiano y doméstico como el de beber un té, recordándole al tirano que, a pesar de su pretendida divinidad, su cuerpo es tan vulnerable como el de las miles que envío a la tumba. 

Hoy, mientras el eco de la explosión resuena en las calles de Teherán, los ciudadanos miran el horizonte con una mezcla de incertidumbre y esperanza. El corrido ha terminado. La música de la opresión se ha silenciado con el mismo estruendo con el que Juan Charrasqueado cayó en la polvareda de la traición. Para Jamenei no habrá caballos que montar ni súbditos que oprimir, solo queda el juicio implacable de la historia que, con tinta indeleble, escribirá su nombre en la lista de los déspotas que, por creerse eternos, terminaron sus días atravesados por la misma violencia que hicieron. 

Al final, la historia se cobra sus deudas con la misma frialdad con la que sirve el olvido, y al igual que Juan Charrasqueado, a Jamenei tampoco lo dejaron montar en su caballo porque una bomba atravesó su malvado corazón. 

@angelmontielp 

angelmontielp@gmail.com 

 

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