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Opinión

Ana Julia Jatar: El impostergable regreso de María Corina Machado

En política, los vacíos se llenan. Y cuando no los ocupa la democracia, los ocupa la fuerza o la conveniencia. Hoy, Venezuela vive precisamente ese momento incómodo en el que una transición en construcción corre el riesgo de desviarse hacia acuerdos pragmáticos que pretenden ignorar el mandato popular. Por eso, el regreso de María Corina Machado no es solo deseable: es urgente. 

La propia María Corina Machado ha anunciado que volverá a Venezuela en las próximas semanas con una agenda clara: organizar una lucha cívica y encaminar al país hacia elecciones libres. Sin embargo, ese retorno enfrenta presiones externas. El presidente Donald Trump le habría recomendado no regresar aún, bajo el argumento de evitar tensiones o la posibilidad de que vaya a “alborotar el avispero”. 

Pero la historia enseña que los momentos decisivos no se posponen sin costo.

Mientras tanto, Washington ha optado por una relación incómoda y altamente desconcertante con Delcy Rodríguez, figura central del aparato chavista durante años y hoy cabeza visible de una supuesta transición que muchos venezolanos consideran ilegítima. Esta realpolitik puede ser entendible desde la lógica geopolítica del actual gobierno de Estados Unidos: estabilizar, negociar, evitar el caos. Pero para el venezolano que ha resistido años de dictadura, represión y crisis humanitaria, esa estrategia huele a concesión.

Es precisamente en ese contexto donde el regreso de Machado, con una agenda electoral bajo el brazo y acompañada de todos los lideres exiliados, adquiere una dimensión estratégica. 

Primero, porque su presencia en el terreno activa a la sociedad. Venezuela necesita entrar en “modo elecciones”: organizar redes, reconstruir confianza, reactivar liderazgos locales. Ninguna transición democrática ocurre desde el exilio. Ocurre en la calle, en las comunidades, en el contacto directo con la ciudadanía. Los venezolanos hemos demostrado una y otra vez que desde nuestro ADN democrático nos viene siempre el mandato: a votar. Esta vez lo haremos con la misma decisión y esperanza de lograr finalmente el gobierno que nos merecemos.

Segundo, porque su regreso neutraliza una narrativa peligrosa. La de quienes, desde dentro y fuera, susurran en Washington que su liderazgo es inconveniente, disruptivo o prematuro. Esa tesis perversa que advierte sobre el “avispero” en realidad encubre otra cosa: el temor a un liderazgo con legitimidad popular capaz de desordenar acuerdos cómodos y a espaldas de la gente. La ausencia de Machado fortalece esas voces; su presencia las desarma.

Tercero, porque el tiempo político es limitado. La ventana de oportunidad es estrecha. En noviembre, las elecciones de medio término en Estados Unidos podrían alterar de manera significativa el entorno político, redefiniendo prioridades, alianzas y niveles de compromiso internacional. Esperar podría significar perder el momento.

Hoy, Venezuela se encuentra en una encrucijada: o se encamina hacia una transición auténticamente democrática o se desliza hacia una estabilización controlada, sin verdadera rendición de cuentas ni participación ciudadana.

El regreso de María Corina Machado inclina la balanza.

No se trata de desafiar a Estados Unidos, sino de recordarle, y recordarnos, que la legitimidad no se negocia con acuerdos oscuros, se construye con la gente. Y que, en última instancia, el futuro de Venezuela no puede decidirse sin la participación de todos los venezolanos.

El riesgo no es que Machado regrese.

El verdadero riesgo es que no lo haga a tiempo.

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